Despierta ¿Quién eres?

Ella, quien va por la vida buscando el momento auténtico de despertar bajo la sombra de un árbol, que no le cuente el drama que supone estar enraizado al mismo sitio desde antes de ser árbol, sino que le tararee entre sus ramas y sus hojas cómo el viento, nada mezquino, le trae mensajes desde las mejores horas de mundos antiguos, de ciudades desiertas y de canciones perdidas, imágenes de un amanecer en la cumbre más alta, de un atardecer deshaciéndose en la playa, de cómo llora un niño, de cómo ríe un hombre, del misterio de los ojos de un amante que mira palabras y siente colores, cantando versos de tonos mieles y sabor a café en los labios, escribiéndole cartas a su amada todos los días, reclamando que despierte de su extraño coma y de su silencio mordaz. Y ella se mira entonces flotando sobre todo el universo, todavía más alto de lo que su cuerpo aguantaría, por eso se lo ha dejado dormido bajo la sombra del árbol y su alma vaga sin limitarse por los andenes que devoran trenes de esperanzas y culpas que no van a ningún sitio.

Ahí afuera, el mundo se socaba desde sus cimientos y nada podrá salvarlo de lo que viene, pero tú sí puedes salvarte.

Despierta. ¿Quién eres?

No saberlo por tantos años ¿Valió la pena?

No.

El árbol cantando se ha callado, los mensajes se diluyeron en lágrimas y las imágenes se transformaron en líneas que cesaron de enredarse en su cabello y al fin trenzaron su angustia con momentos de paz y el recuerdo de una brisa sosteniendo besos en un balcón. Ahora el niño ríe de la tristeza que se fue y el hombre llora por la felicidad que se ha quedado al fin, el amante tiene respuesta a sus cartas, que su amada ha despertado del letargo existencial, que abrió los ojos y vio que el mundo afuera se consumió en el fondo de una hoguera, que nunca estuvo mal enamorarse como si no fuera a haber un mañana, pero que sí estuvo mal quedarse inmóvil como un árbol que no sueña.

Ya no va a venir el tren a esta estación, y lo sabes. Ya no se van a frenar las agujas del reloj por nadie, nunca lo hicieron. Ya no van a partir por ti las gaviotas con mensajes desesperados de un amor no confesado a tiempo. ¿A qué esperas?

Tú eras el árbol cuya sombra te hacía sentir segura, junto a todas las historias que te contaste para conformarte el corazón, que sí, que sí hay un mundo afuera en clandestina revolución y siempre lo creíste, sabías que todo iba a caerse un día de este maltrecho librero de humanos sin razón con historias inconclusas, pero habría quienes aprenderían a volar y del etéreo firmamento no caerían sin desearlo. Tú, tú querías volar. Vuela.

Deja de ser árbol, deja de ser sombra, deja de ser miedos, deja de no ser tú, no dejes nada para mañana, que aunque no te sientas lista, sólo puedes estar lista para hoy. El extranjero cometa dejo tras de si su estela de luz, mira que serás tonta si no le sigues, camina entonces hacia el hogar que ya conoces y quédate, cree en lo que siempre creíste y vuela más alto que entonces, más alto de lo que lo haces cuando sueñas con lo perfecto sin distinción de realidad y fantasía. Ahora que estás despierta muévete hacia tus sueños, como se mueve la sangre por las calles de la ciudad de tu esencia, como se mueve tu alma que arropa tu cuerpo y la mente que abierta crea un puente hacia la historia más bonita, la conquista de lo eterno, lo que sólo en tus manos puede ser verdad.

Muévete, que el mundo se detuvo hace mucho tiempo, camina, que no hay salida fácil para esto pero camina. Tu destino no está escrito para un mal fin, ni tu porvenir se ve en el fondo de la taza de café, no es el azar, tu destino está en sus ojos y en su latir…

Despierta. ¿Quién eres?

Soy aire y fuego, tormenta y brisa, la llama que nunca se apaga, la luz que ilumina el silencio de los besos que busco en sus labios, soy la paciencia escondida en la almohada que abraza.

Soy… por siempre soy, por él… Amor, verdad, ternura, inocencia y pasión desatada.

Ana Isabel
San Miguel, El Salvador
30/04/2016

 

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