Si tú me nombras…

Con el corazón anidando amor y esperanza
y mis ojos empapados de sueños y de la lluvia
que comienza a caernos en invierno en esta ciudad
dónde tantas historias besaste haciendo tuyas,
yo me atrevo a plantarme ante tus ojos
no como una historia más, ni como una vieja herida,
sino como la mujer que te ha soñado noche tras noche
y a quien le ha dolido perderte pesadilla tras pesadilla,
y ha cogido el valor para decirte al fin
que te ama con toda su vida, que te quiere para toda la vida.

Me quiero perder en tus ojos,
quiero encontrarme ahí dentro,
en el infinito y basto universo de tu alma
dónde brilla inagotable la fuente de tu ser,
de tu pasión, de tus ideas, de tu constancia,
de todo el bien que haces y el mal que corriges.

Quiero contarte a besos cómo es lo que siento,
que el temblor de mi esencia no es miedo,
sino el rayo certero de tu mirada que me desnuda
y que atraviesa mi espalda como una mística serpiente,
recorriendo y precipitándose en cada punto de mi libertad,
descubriendo que mi vida la he hecho tuya a voluntad.

Quizás nunca conociste a nadie como yo,
quizás te parezca extraño y no te culpo,
tú siempre tienes esa peculiar intuición,
si no te fías de mis labios,
fíate de mi corazón,
aquí dentro sólo me habitas tú
y un sentimiento sincero que lo supera todo.

Guardo tu imagen junto a mi mejor sonrisa,
te pienso a diario y no te sé esconder de mis ojos,
te busco constantemente entre mis recuerdos
y cuando te tengo enfrente
quiero que ese momento sea eterno,
no he parado de quebrarme por dentro,
cada vez que te he visto irte,
y no dejado de llamarte con el corazón en la mano
mi amor, mi vida, mi cielo infinito…

Quizás no te atrevas aún a rendirte a mí,
y a confiar plenamente en lo que tengo para ti,
no me parezco a lo que siempre has tenido en tu vida
pero me he comprometido a ser lo mejor que vivirás.

Tengo hambre de tus besos, de tu voz,
de tu tacto en mí, de tu amor llenándome,
tengo hambre de tu ser, de tu risa,
de tu encanto y de tu locura,
de tu pasión que envuelve toda mi ternura
y la convierte en un incendio de magnitudes descomunales.

Tengo ansiedad por la calma de tus manos,
por el calor que hay en ellas que me alivia las penas,
tengo ansiedad por rozar tu piel un segundo eterno,
una necesidad increíblemente incontenible de abrazarte,
de impregnarme de ti, de tu aroma, de tu esencia,
de tu pecho latiendo abriéndome las ventanas,
ayudándome a respirar de nuevo, a vivir por ti,
escuchar de tu voz mi nombre y renacer…

Sálvame tú, te salvo yo…
que ya no puedo escribirte nada sin quebrarme,
sin terminar en lágrimas los últimos versos,
te siento en cada uno y en cada uno te nombro…
y si tú me nombras, me habrás salvado.

Ana Isabel
San Miguel, El Salvador
07/05/2016

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