El fuego que habita en ti

Como escrito a lápiz pero sin borrones,
con un solo trazo de principio a fin
la ondulación de tus cabellos como olas del mar,
su suavidad y lo terso de su caricia,
la curva de tus labios pronunciando la ansiedad
de tantos besos dados, robados, devueltos,
la posición exacta y perfecta de cada cicatriz, de cada lunar,
haciendo de tu piel un mapa astral, perfecto,
de todo tu cuerpo, un extraordinario universo donde habitar.

El brillo de tus ojos te lo han dado cristalizados copos de nieve
subiendo del suelo al espacio infinito de tu mirar,
víctimas de la fuerza de gravedad de su intensidad,
adentrándose en lo profundo de todos tus misterios musicales.
El fuego se ha impregnado en tu esencia y en cada poro de tu piel,
y la tinta indeleble de la creación recorre tus arterias vivas
como el sol mismo energizando tu sistema de planetas y satélites,
como el engranaje central del reloj inmune al tiempo,
marcándote el compás de cada paso de un corazón sincero,
al ritmo de la caricia de los pétalos de cerezos sobre el viento.

Lo natural y sobrenatural se funden, se mezclan, se hacen uno en tu boca,
besarte es conocer la magnitud sideral de un amor completo y benigno,
una fuerza que viene más allá de los límites establecidos por la ciencia,
tu esencia no nació en esta tierra, ni en su centro, ni en sus aguas,
ni en sus bosques, ni en sus montañas, ni en las rocas volcánicas que fueron lava,
vienes de lo más lejano e inalcanzable que se es capaz de creer e imaginar,
de mucho más allá, donde la voz se le fue dada sólo a quienes tenían el don de la palabra,
la palabra justa y el color exacto de ojos para ver la realidad y abrir caminos
a nuevos mundos dónde habita la poesía, expresada en el arte de hacer el amor,
en su máxima, sublime, inverosímil y retórica expresión.

Y ahí estabas tú, en ese momento,
listo para habitar los domingos
y nombrarlos perfectos como tú,
sus tardes coloreadas de cítricos aromas invernales,
un diciembre vestido de grandeza en tu honor,
y cada papel donde has plasmado
lo que nunca ningún otro hombre podrá contemplar,
lo que nunca ningún otro ser podrá crear con sus manos,
la magia pura y el ardor de igniciones planetarias,
entre cada letra y cada verso, entre cada nota y cada canción,
haciendo con caricias un camino hacia el paraíso sin retorno,
haciendo con las musas tu fragancia de madrugada primaveral
y el fuego que habita en ti, inútil que alguien lo intente negar…
es inagotable como la luz que viaja de estrella en estrella,
transformándose en vida, en estela de cometas repletos de sueños…

Te confieso que así es como te miran mis ojos del alma,
así es como te nombra mi corazón mientras te siente,
perfecto como sólo tú, como sólo tú podrías serlo,
inalcanzable para quien no sabe de sueños,
imperturbable cuando sabes muy bien lo que quieres,
impenetrable cuando sabes muy bien lo que ya no quieres,
hambriento de éxito, de felicidad y de amor real y verdadero,
hambriento de música, de letras, de teatros y de todo arte,
sediento de besos, de una sola boca que sepa bien amarte…

Y guardo tu nombre entre mis labios, bajo mi lengua,
para cada noche dejarlo libre en un beso al cielo mientras tú duermes,
y el resto de mis intenciones sólo las conozcas,
no por mis letras, no por mis cartas, nunca más por mis promesas…
sino por el camino andado desde este momento hasta ti,
y merezca yo un día toda tu perfección descansando entre mis brazos,
y merezca yo un día viajar contigo, a tu lado,
a ver en primera fila cada sueño tuyo cumplido.

Ana Isabel
San Miguel, El Salvador
21/06/2016

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